Desde el pebetero
El Triunfo y las Derrotas
En cualquiera de las actividades humanas quien ha alcanzado una posición satisfactoria puede considerarse un triunfador. La naturaleza dio al hombre una dosis de levadura espiritual, de energía y ego, para que piense que se ha elevado por encima de las circunstancias y que su esfuerzo y situación lo convierten en un ganador.
El profesional, el artista, el ingeniero, el licenciado, el médico, pueden pensar, creer y corroborar, con singular óptica, que son los mejores y los primeros en su campo. Pero pensar y creer no es necesariamente ser. En el deporte hay que demostrarlo en una fecha determinada, en un horario fijo y ante miles de aficionados. En las brumas de la historia de la antigua Hélade se pierde el hombre que tuvo la feliz idea de enlazar la vida, la muerte y la religión con la carrera atlética. Los Juegos Olímpicos en su origen tuvieron un sentido de fiesta fúnebre; con la carrera atlética los helenos reverenciaban a los dioses y honraban a los muertos.
Los griegos creyeron que la victoria, siempre tan difícil de conseguir, era otorgada por los dioses. Ulises a fin de derrotar a Ayax Telamónida, en la carrera que organizó Aquiles con el propósito de honrar la muerte de Patroclo, ruega a Palas Atenea le conceda la victoria.
Palas Atenea es la diosa de la victoria. Según refiere la mitología, Hefestos asestó un hachazo a la cabeza de Zeus y de ahí salió, armada, Palas Atenea. Al nacer dio un grito horrísono: “Niké”, victoria en griego. La naturaleza del deporte impide que haya dos triunfadores. Todos luchan por la victoria y sólo uno la obtiene. Ahí estriba el grado de dificultad de los Juegos Olímpicos. Los jóvenes más selectos, los más fuertes, los más audaces miden sus fuerzas, es una difícil fiesta en la que sólo uno se erige en vencedor.
Todos pierden, excepto uno. No es suficiente pensar ni creer en ser el mejor.
hola
Que bueno!
Adelante pebetero