Desde el pebetero
21 de Agosto, a 17:49

Lobo entre Lobos

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Bañados en la luz artificial y lunar, los atletas corren como lobos excitados en la pista escarlata sobre el ciervo imaginario que es el oro olímpico.
 
Alternan la punta los negros correlones del Valle del Rift Asbel Kiprop y Augustine Choge. Una onda de gritos y aplausos los acompaña en su recorrido elíptico. Rashid Ramzi, de Barhein, va emboscado en el epicentro de lucha. Es la final de los 1,500 metros lisos. Un hilillo eléctrico corre por la espina dorsal del Nido de Pájaro.
 
La carrera atlética, cien, cuatro, ocho, cinco mil, maratón, proyecta un efecto estético en el espíritu. La carrera establece un puente de emoción. La velocidad y la resistencia se cuelan por las venas y llega al corazón. La carrera es la naturaleza misma del hombre.
 
El sociólogo Desmond Morris nos dice que la popularidad del futbol obedece a ese arco que toca nuestra mente con los hilos hereditarios, genéticos, y nos remonta a los tiempos pretéritos cuando la horda iba de caza, tras el mamut o el dientes de sable.
 
Nos transporta a aquel pasado remoto indeleble en los genes. Son los movimientos naturales del hombre que lo salvan del peligro y le producen placer. Los que cultivaron para la salud y el arte marcial los griegos, los celtas y otros pueblos.
 
Si añadimos el balón como la figura geométrica perfecta se refuerza el efecto estético. Si reflexionamos o extendemos la idea y acaso, si agregáramos unas cuantas gotas de aquel instinto salvaje del Neandhertal o del Cromagnon y cambiamos la elegancia euclideana por el cráneo del enemigo cerraríamos el círculo de la emoción.
 
Los 1,500 metros llanos son una de las pruebas más atractivas del programa olímpico. El atleta combina su astucia e inteligencia con la resistencia y la velocidad terminal.
 
Es tan difícil, que un maestro de la distancia como Hicham El Guerrouj necesitó tres oportunidades olímpicas.
 
La imágenes están grabadas en la memoria del aficionado: Atlanta cuando rodó a los 350 metros de la meta; Sidney cuando lo sorprendió y fulminó el keniano Noah Ngeny, y Atenas cuando derrotó a Bernard Lagat y más tarde se entronizó al conseguir el doblete de los 5,000 en hazaña semejante a la de Paavo Nurmi de 1924.
 
Tan difícil que Lagat bronce y plata olímpica, en un parpadeo nocturno, fue eliminado aquí en Pekín. Venía por los 1,500 y el 5,000.
 
Ramzi sin el más fuerte adversario ventea la oportunidad de victoria a 300 metros de la línea de meta. Como un lobo entre lobos saltó por el bosque de piernas con brutal aceleración. Su figura elástica en la veloz manada adelanta gradual y toma la punta.
 
Reacciona el grupo. Aúlla el estadio. Se cimbra el Nido de ave. La figura de Ramzi, que corre como demonio, se recorta en la última curva. Lo persigue con frenesí el keniano Kipruto Kiprop. La carrera proyecta su efecto estético o nos conduce con placer a la noche de los tiempos.
 
Ramzi marca 3.32.94. Da un zarpazo en la recta final y huye con el oro olímpico. Es un lobo en los 1,500 metros llanos.

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